Viaje en el tiempo en Medellín

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En el siglo XIX, una carta se demoraba tres meses en llegar a su receptor. Un correo electrónico de Europa a Colombia tarda 0,0030 milésimas de segundo.

Cuando a principios de febrero se anunció el descubrimiento de las ondas gravitacionales, el último eslabón de la teoría de la relatividad de Einstein, una de las representaciones más difíciles de imaginar era la manera como dos agujeros negros se habían fusionado hace mil millones de años y habían desprendido esas ondas. ¿Cómo fue esa colisión superior a mil millones de bombas atómicas juntas? ¿Qué sucedía con el tiempo y el espacio mientras esos extraños agujeros se juntaban?

El Parque Explora, en Medellín, ideó una manera de mostrar ese fenómeno. En el segundo piso de su nueva exposición extendió un largo tapete negro. Quien se pare sobre él queda convertido, gracias a unos sensores, en un pequeño agujero negro. Si abre las piernas o extiende sus brazos, aumenta el tamaño de su circunferencia y con ello deforma y estira la cuadrícula, que simboliza el tiempo.

Lo mismo sucede cuando se acerca a otra persona: todo se dilata hasta que se fusionan en otro gran agujero. Es un buen método para explicarl que el tiempo allí transcurre con mucha más lentitud que en la Tierra y que depende de la gravedad. En últimas, que esa medición que inventó el hombre es más compleja que un segundero pegado a un reloj o que un conteo de meses, años y siglos.

Esos intentos de explicar de forma simple algunos de los puntos claves de la teoría de la relatividad fue lo que más trabajo le costó a Patricia Fernández, quien comandó la exposición. Para hacer un montaje sobre ese concepto sin que resultara aburrido necesitó un año y ocho meses, así como cientos de reuniones. Y muchas manos y cabezas: de diseñadores, astrofísicos, médicos, ingenieros, biólogos, antropólogos…

“De todo eso”, explica Alejandro Villegas, líder de diseño, “resultó este intento para que el tiempo se vuelva museografía. No se trata de presentar una definición. Esto es un taller de experimentación”.

Ese laboratorio de dos pisos, como también lo llama Alejandro, está repleto de detalles que muestran nuestra obsesión con el tiempo, con contabilizar todo. En el año 1.500 a.C. los humanos inventaron la clepsidra, o reloj de agua. En el 500 a.C. crearon el popular reloj de sol, un lujo de clases altas. El ojo humano es capaz de formar una imagen en la retina, transmitirla e interpretarla en tan sólo un doceavo de segundo. Un correo electrónico se demora en llegar desde Madrid (España) a Medellín 0,0030 milésimas de segundo. Una carta en 1850 podía tardar algo más de tres meses.

En uno de sus rincones, el montaje tiene un cubículo para jugar a medir el tiempo de reacción humana. A medida que se iluminan unos focos, hay que intentar pasar la mano sobre ellos lo más rápido posible. En promedio, dice al lado, el tiempo de reacción del ser humano es de alrededor de 250 milisegundos. Aunque podría variar, como lo muestran unos pequeños clips, si consumiéramos benzodiacepinas (esos sedantes que tienen un efecto relajante en el cerebro y alteran la percepción del tiempo) o metanfetaminas (que disparan los niveles de dopamina y nos hacen creer que hay una percepción más aguda). O también podría alterarse en el cuerpo de alguien que se aventure a hacer experimentos como los de Stefa Follini o Maurizio Montalbini.

La primera se internó en un laboratorio seis metros bajo tierra sin poder ver luz ni analizar el tiempo, para simular lo que le sucedería a un astronauta. En algunos momentos estuvo despierta por 40 horas y en otros durmió más de 20. Su ciclo menstrual se interrumpió. Montalbini, por su parte, vivió en 1986 a 182 metros de profundidad en una cueva. Perdió 15 kilogramos en 210 días. Pensaba que sólo habían transcurrido 79.

Pero el tiempo, más allá de nuestra percepción, de las teorías físicas, de nuestro eterno intento por medirlo, también está presente en las transformaciones de la naturaleza. Por ejemplo, en los anillos de troncos de los árboles (cada anillo es un año de vida) o en los cuernos de los venados (la complejidad de sus puntas revela su edad).

Y, como lo muestra la exposición, el tiempo, claro, también ha atravesado los intentos del hombre por manipularlo. La muestra está en un rincón del primer piso, donde hay una consola en la que se oyen emisoras: en la más contemporánea suenan La vuelta al mundo, de Calle 13, y No hace falta, de Monsieur Periné. Junto a ella están las representaciones más clásicas del tiempo: desde el reloj de Dalí y un experimento para simular los efectos de Matrix, hasta clips que dramatizan apartes de Alicia en el País de las Maravillas y Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj, de Cortázar.

“Es que el tiempo es todo: lo padecemos, lo gozamos, lo experimentamos, lo teorizamos, nos preocupa, todo. Y aun así, no podemos describirlo”, dice Patricia. En parte porque es intangible.

Y si pudiéramos tenerlo en nuestros bolsillos, ¿qué sucedería? Quizás, un buen método para imaginar esa fantasía es compararlo con un tamaño, como hizo el grupo detrás de Explora. Como una pulga, por ejemplo. Cada pulga equivale a un segundo. Así, un siglo tendría el tamaño de Suramérica, o la torre Eiffel equivaldría a un día entero.

Fuente

Acerca de A. Arrieta

Físico egresado de la Universidad de Córdoba con sede en la Ciudad de Montería. Magister en Física de la Universidad Nacional de Colombia con sede en la ciudad de Medellín. Docente del Instituto Tecnológico Metropolitano (ITM) y docente adscrito a la Secretaría de Educación de Medellín. "Amarrar el conocimiento no te hace más sabio, en cambio compartirlo te hace más útil a la sociedad, trascender y no morir para siempre"
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