La eterna culpa que persiguió al padre de la bomba atómica

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Foto: / Wikimedia – creative commons. Robert Oppenheimer.

“Los físicos hemos conocido el pecado”. Tan terribles palabras fueron un mea culpa a raíz de la explosión de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945. Tan terribles palabras fueron pronunciadas por Robert Julius Oppenheimer, el padre de la bomba atómica.

Robert Oppenheimer había nacido el 22 de abril 1904, en Nueva York. De refinada educación, cultivó el aprendizaje de idiomas, poesía, filosofía oriental y clásica. Estudió en Harvard, Cambridge y Gotinga bajo la tutela de físicos tan prestigiosos como Ernest Rutherford y Max Born. Su doctorado, en la Universidad de Gotinga, el gran centro de la física teórica de la época, lo obtuvo a los veintidós años. A su regreso a los Estados Unidos fue profesor del Tecnológico de California y de la Universidad de Berkeley.

Como físico teórico su nombre se asocia con contribuciones a la mecánica cuántica y a la teoría de la relatividad. Descubrió la ecuación del equilibrio estelar en estrellas muy densas y sentó las bases teóricas para el estudio del colapso gravitacional que da origen a los agujeros negros. Contribuyó a entender la física de los rayos cósmicos.

En 1941 fue llamado a dirigir el Proyecto Manhattan, con la misión secreta de fabricar una bomba atómica. Supo reunir a las mentes más brillantes de la época. Tuvo bajo su responsabilidad a más de cinco mil científicos ingenieros y técnicos. Su enorme prestigio como científico, combinado hábilmente con las virtudes del gerente, garantizó el éxito del proyecto. Un éxito abominable: en agosto de 1945, dos bombas atómicas, la más letal de las armas, destruyeron Hiroshima y Nagasaki.

A raíz de la explosión, Oppenheimer recordó el Bhagavad Gita, poema épico hindú: “Me volví Muerte, el destructor de mundos”. Vivió con un profundo sentido de culpabilidad y luchó denodadamente, como director de la Comisión de Energía Atómica, por el uso pacífico de la energía nuclear recién descubierta.

Se opuso abierta y controversialmente al desarrollo de la bomba de hidrógeno, la bomba de fusión, mucho más poderosa que la de uranio. Su antiguo colaborador Eduard Teller se hizo cargo y Oppenheimer perdió poder. Su vinculación con círculos intelectuales de izquierda, su apoyo abierto a la república durante la guerra civil de España, un affaire con una militante del partido comunista y su oposición a la bomba termonuclear bastaron para convertirlo en víctima de esa implacable cacería de brujas a cualquier disidencia del gobierno o sospecha de izquierdista que fue el macarthismo. Aunque no lograron declararlo culpable, fue removido de la Comisión de Energía Atómica y no tuvo más acceso a los secretos militares. La intolerancia y la libertad científica no suelen llevarse bien.

Fue director del prestigioso Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, donde trabajaron figuras como Einstein o Gödel, desde 1947 hasta 1966. En 1963 su figura fue reivindicada cuando el presidente Lyndon Johnson le confirió el premio Enrico Fermi.

Profesor de una claridad exquisita, adorado por sus alumnos, fumador empedernido y de acuerdo con algunos, con tendencias autodestructivas, sucumbió en más de una ocasión a crisis depresivas. Robert Oppenheimer conoció el pecado, pero su formidable entereza y su carácter complejo y profundo pudieron redimirlo.

El 18 de febrero de 1967 el mundo fue un poco más pobre. Robert Oppenheimer había fallecido de un cáncer de garganta.

Por: Hector Rago

@hectorrago

*Doctor en Ciencias físicas / Profesor invitado Escuela de Física de la Universidad Industrial de Santander

halley.uis.edu.co/aire/

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Acerca de A. Arrieta

Físico egresado de la Universidad de Córdoba con sede en la Ciudad de Montería. Magister en Física de la Universidad Nacional de Colombia con sede en la ciudad de Medellín. Docente del Instituto Tecnológico Metropolitano (ITM) y docente adscrito a la Secretaría de Educación de Medellín. "Amarrar el conocimiento no te hace más sabio, en cambio compartirlo te hace más útil a la sociedad, trascender y no morir para siempre"
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